Eran casi cerca de las diez de la noche, las calles estaban desoladas, algunas de ellas sin ningún aro de luz. De repente el semáforo me alcanzó y me detuve deprisa, cerca de la vereda una madre con un niño en brazos me dirigió su mirada con una esperanza de auxilio o al menos así lo sentí yo, sus ojos reflejaban el cansancio, la agonía, el hambre, el frio que les cobijaba a ella y a su pequeño hijo.

Todo fue tan rápido, el semáforo cambio y seguí mi camino, mientras disfrutaba de mi pequeño manjar que traía entre mis manos, justo en la segunda mordida vino a mi mente aquella mujer. Me detuve a un costado de la vía, di marcha  atrás y regrese aquel lugar donde se encontraba. Ella dirigió su mirada hacia mí con un poco de recelo, me baje del carro con una colcha que cargaba en la parte trasera y una funda de pan, entre mi mente decía “no es mucho, pero estoy segura que aplacare el hambre de esta mujer aunque sea un poco y al menos esta noche ya no sentirá frio”.

Me acerque a ella, la salude y le dije

-Puede que no sea mucho, espero le sirva de algo esta noche

-Ella respondió inmediatamente, muchas gracias, llevo el día entero sin probar un bocado. Es mi primer día fuera de casa con mi niño en brazos.

-Su primer día recalque yo, eso quiere decir que usted tiene familia ¿Qué fue lo que sucedió para que usted terminara aquí?

Ella suspiro muy profundo con lágrimas entre los ojos empezó a contarme su historia. Mire señorita yo vine hace un año a santo domingo con la esperanza de encontrar un trabajo estable, pero las circunstancias no me lo permitieron, pues mi niño era una dificultad para laborar, entonces con un poco de suerte y una venta de chicles pude juntar algo de dinero y comencé  hacer empandas de verde y venderlas en el semáforo, todo me iba muy bien luego de ello empecé a entregar a una escuelita.

Todo lo que ganaba que no era mucho pero me alcanzaba para cubrir el arriendo de un pequeño cuarto, y de repente la pandemia nos sorprendió, dejándome sin el sustento diario que era lo que ganaba en la venta de empanadas. Los días pasaron, incluso el mes y lo poco que tenia se me iba terminando, salía en busca de un trabajo o de una pequeña venta de mis empanadas pero todo fue inútil, el mes de renta se estaba cumpliendo y la señora exigía su pago.

A lo que yo respondí, pero debía entender todo estaba difícil y un poco de empatía no le hubiese venido mal. Ella regreso su mirada hacia mí, respondió diciéndome “hay niña hay muchas personas con el corazón muy duro”

Yo le pague un mes de renta con el intercambio de una cama y la nevera, ella acepto como parte de pago, eso era lo único de valor que tenía, al mes siguiente toco mi puerta y volvió a exigir su pago, no tuve más alternativa que suplicarle que me dejara unos días, porque gracias a dios había conseguido un trabajo en el mercado, la paga era de 10 dólares y solo llevaba dos días, pero la señora muy enojada, respondió a mi pedido diciendo que no tenía por qué mantenerme en su domicilio.

Eran cerca las siete de la noche llegaba muy cansada con mi niño en brazos y de repente observe mi poca ropa en la vereda y la señora frente a la puerta, me dijo vete a conseguir otro lugar yo no pienso perder más dinero. No discutí ni nada, solo agarre mi ropa y camine hasta más no poder, por eso estoy aquí.

Pero al parecer no soy la única, hace un momento llegaron otras personas que también viven en la calle prometieron no dejarme sola hasta saber que voy hacer el día de mañana. No pretendo quedarme en las calles, pero al menos este será mi lugar hasta juntar algo de dinero y poder costear un cuarto.

El corazón se me hizo pequeño al escuchar su triste historia, su niño me miraba y sonreía, aquella personita no sabía lo que estaba pasando. No podía irme y dejarla así, mi conciencia no lo permitía. Le dije puedo pagar una noche en un hotel para que te quedes con tu hijo, eres una mujer sola y no sabes el peligro que puedes encontrar aquí al menos por esta noche, ella agradeció, subió al carro y nos marchamos.

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