“Un trabajo de valientes”. Esta es la característica que mejor define a los comerciantes de Santo Domingo. El reloj marca las 9:30 de la mañana y en el sector de las cinco esquinas ya está montado el carrito de maduros y choclos asados. Todos los días paso por esta zona (desde que estaba en el colegio) y observo al vendedor con la misma actitud sonriente, la frente en alto y el mandil bien puesto. Tal parece que para él no existen días malos (así llueva), porque te acercas y siempre te tratará como si fueras un comprador exclusivo. El vendedor de quien les hablo lleva por nombre David, tiene 27 años y es padre de 2 niños. Con sus ventas y una ganancia de alrededor de un salario básico mantiene a una familia y educa a sus hijos.

Vendedores informales ubicados en la calle Ejército Ecuatoriano

A la altura de las 6:30 de la tarde retornaba a mi casa, claro, no sin antes haber comprado un maduro con queso. Era ahí, cuando empezaba la pequeña charla, y en medio de esta le comentaba: ¡Qué pésimo el día de hoy! ¿No? “Para mí no hay días buenos o malos, simplemente ventas malas”, me decía David. Tal nivel de positivismo se quedó en mi mente y, a veces, no entendía cómo un trabajo así de cansado podía crear argumentos como ese.

En otro de mis recorridos por la peatonal 3 de julio observaba a un hombre de unos 65 años sentado muy cómodamente en el suelo. Llevaba botas negras enlodadas y un bolso que colgaba en su espalda. La gente que regresaba a mirarlo lo hacía con desdén y alguna que otra se atrevía a insultarlo “Viejo sucio no estorbe”, pero era tan interesante su nivel de quemeimportismo (ya quisiera yo ser tan despreocupada) porque ni las miradas ni los comentarios desagradables le afectaban.

Tres horas más tarde, yo regresaba por la misma ruta y este personaje seguía en el mismo lugar, pero esta vez me di cuenta de que no estaba sólo. Él mantenía una conversación con un hombre de cabellera blanca, pantalón largo y anteojos, quien vendía mangos y alguna que otra fruta. A lo lejos se podía observar la soltura con la que hablaban y la picardía con la que reían. Esta increíble conexión me causó tanta curiosidad que decidí acercarme. Con la excusa bajo mi manga me desplacé unos cuantos pasos y le pedí al vendedor una funda de mangos. La calidad de su atención me sorprendió tanto que no pude evitar sonreírle. “Tiene una linda sonrisa”, me decía este agradable vendedor y de un momento a otro ya éramos tres los que reíamos y charlábamos.

En uno de nuestros temas de conversación me atreví a preguntarle a Carlos sobre su vida y su trabajo. Él había llegado a Santo Domingo hace 32 años. La soledad y la pena tras la muerte de su esposa lo motivó a migrar, y desde su estadía en la ciudad se ha dedicado a la venta de frutas. Y con una ganancia de entre 10 y 15 dólares sobrevive diariamente.

El 83,6 % de los habitantes santodomingueños se han desplazado hasta las calles trabajando más de 12 horas al día.

Caminando por las calles de la ciudad me encontré con una mujer que empujaba su carro de verduras. Las dos veníamos en la misma dirección y fue ahí cuando nuestras miradas se encontraron. Ella deseaba que yo sea su próximo cliente; el brillo en sus ojos la delataba. En ese momento, yo no necesitaba comprar nada y para peor no tenía ni un centavo en mi bolsillo, así que pretendí seguir caminando, pero ella empezó a hablar para tratar de convencerme. Fue entonces, que decidí quedarme y escucharla “Caserita, es lo último que me queda, hágame el gasto”.

Ella me ofrecía dos fundas que llevaban cebolla, tomate y pimiento; era como un todo en uno. Al notar sus ganas desesperadas por terminar sus ventas le hice una propuesta y le dije “Yo no tengo dinero, pero si le gusta yo le ayudo a vender lo que le falta”. Ella algo avergonzada aceptó mi propuesta y nos ubicamos en una esquina (entre la calle Guayaquil y Ejército Ecuatoriano). Mientras esperábamos a nuestro cliente empezamos a conversar por largos minutos. Cuando el ambiente se tornó muy amigable nuestro próximo cliente llegó de repente, sin embargo, nuestra plática no terminó allí. Nos sentamos en un filo de la vereda para sentirnos más cómodas y como si yo fuera alguien de confianza ella me contaba su vida.

La vendedora a la que conocí, sin previo aviso, tiene 39 años y se levanta todos los días a las 6 de la mañana a trabajar para mantener a sus 3 hijos. Así se ha mantenido bajo sol, agua y largas jornadas por 25 años. Hubo momentos en que, mientras me relataba su vida, su voz se quebraba. En ese preciso instante, yo sin saber qué decir en tal delicada situación acariciaba suavemente su hombro. La vendedora de la que les hablo es madre soltera y cabeza de hogar. Su nombre es Carmen y esta es su historia, que no es distinta a la realidad que vive David, Carlos y el 83,6 % de los habitantes santodomingueños.

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