El reloj marca las once de la noche, un frío vendaval me cala hasta los huesos, pero no es el viento de esta noche lo que me remueve el corazón, es el pequeño regordete que se aproxima la ventana del auto; con su pelo color azabache y ojitos que reflejan cansancio, me acerca un paquete de empanadas y las ofrece con la esperanza de que yo sea su próximo cliente.  

Doy una vuelta en u, aparco el carro, cruzo la calle y me quedo en el parterre junto a él. Para estar a su altura, me acuclillo y con una sonrisa, le pido dos paquetes de empanadas de queso. Me mira con sus pequeños ojitos oscuros y cansados, toma del cesto dos paquetes y me los entrega. “Son dos con cincuenta”, me dice, saco el dinero del bolsillo y se lo entrego. Antes de irme, le pregunto su nombre y su edad, me cuenta que se llama Ariel y que tiene 14 años.

Muchos sentimientos inundan mi mente tras esta respuesta, ¿por qué este pequeño tiene que quedarse hasta tan tarde trabajando?, cuando lo normal sería que esté durmiendo en casa.

Una curiosidad inevitable, mezclada con compasión, me asalta. Le interrogo sobre su vida diaria. En su cara se nota la duda por contestar esa pregunta, pero, finalmente, me lo cuenta todo.

Cada día, por la mañana se levanta para ir con sus padres al mercado y hacer las compras de los ingredientes necesarios para hacer las empanadas. Después de contarme esto, una pequeña y dulce sonrisa aparece en su rostro, me empieza a contar, que durante la tarde va al colegio, y que este, es el único momento que tiene, para ser un niño como los demás. Me relata que, durante sus horas de clase, estudia, hace travesuras y se divierte mucho con sus compañeros.

Lo escucho con tanta atención, que me sumerjo en esa alegría que siente por ir al colegio. Sin embargo, al acabar esta pequeña narración, la sonrisa se escapa de su carita redonda, ahora, me cuenta, que, al salir del colegio, vuelve a su realidad y junto con su padre y sus hermanitos sale a vender empanadas, como todos los días, para mantener a su familia. Finalmente, con una nota de tristeza en su voz, me explica que regresa a casa alrededor de las 11:30 de la noche, después de haber vendido todas las empanadas.

Pero este no es el único caso en el sector, para encontrar otra realidad similar, no hay que ir muy lejos de donde está Ariel, basta con cruzar un par de calles para ser testigo de otro caso parecido.

Junto al semáforo, se encuentra un niño de mediana estatura, tiene la ropa vieja y desvaída. En su brazo descansan dos cajas: una de chicles y una de caramelos. En cada rojo del semáforo, el pequeño, se acerca a los autos a ofrecer su producto, al detenerse junto a mí, le compro unos cuantos caramelos y le pregunto cuál es su nombre y por qué trabaja hasta esta hora. Me dice que se llama David, y que trabaja porque tiene que mantener a sus abuelos, porque ellos, ya están en edad muy avanzada para valerse por sí mismos.

Cómo ellos, en Santo Domingo, hay una gran cantidad de casos similares, solo es cuestión de darse una vuelta por la toda la ciudad, en todos los sectores, hay niños trabajando con una historia para contar. Uno de los lugares en los que hallamos mayor cantidad de trabajo infantil, por la concurrencia de personas, es la Avenida Venezuela, conocida también como “calle del colesterol”. En ella, hay varios infantes con fundas de frutas y todo tipo de verduras, cajas de chicles, caramelos y chocolates. Ellos, recorren todos los establecimientos de comida del lugar, con la ilusión de ganarse unos cuantos dólares. Pero, ellos no suelen ir solos, sus madres o padres, están sentados en alguna vereda, esperando que sus niños regresen con algo de dinero.

La calle, una fábrica, una mina, un basurero, no son lugares adecuados para niños; ellos deberían disfrutar su infancia a plenitud y vivir cada etapa a su tiempo. En Ecuador, según el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (INEC), en el año 2012 la tasa de trabajo infantil del país alcanzó un 8,56%, una cifra que está en la media de Latinoamérica.

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