El nombre de Carlos Morales pasa desapercibido para los moradores que habitan la “Juan Eulogio”, pero si preguntan por el “frejolito”, todos lo reconocen. Es un personaje popular de las calles de la cooperativa, que las ha transitado desde hace mucho tiempo. Todos lo acogen, desde los más pequeños, hasta los más adultos.

Recorrí las calles de la ciudad por casi media hora buscando un personaje que realmente llamara mi atención. Me detuve en la avenida quito, pues una  hombre de contextura mediana delgada y  de cabello negro manejaba su moto añadido una carroza muy deteriorada con algo de dificultad y se detuvo frente a un depósito de basura, observe que rápidamente comenzó a buscar en medio de aquellos desperdicios.

Luego de observarlo por varios minutos y con un poco de pena e inseguridad me acerque a él, con voz temblosa, me presente y extendí mi mano, soy estudiante de comunicación y me gustaría escribir sobre usted y el labor que realiza, le dije, él me miro algo desconcertado e inmediatamente respondió, con gusto señorita.

¿Qué necesita saber sobre mí?

  • El trabajo que es usted realiza es muy admirable y estoy seguro que tendrá mucho que contar.
  • Me gustaría ayudarle señorita, pero ahora estoy muy ocupado pues casi son las seis y debo retirar a mis hijas de la escuela, pero usted puede pasar más tarde por mi casa y con gusto podríamos hablar.
  • Por mí no hay problema, hasta la noche, entonces.

Tras varias horas de haber ocurrido nuestro encuentro, cerca de las ocho de la noche, con algo de recelo me acerque a su vivienda y toque  a su puerta, una voz muy amable respondió a mi llamado, un momento por favor, dijo. Abrió su puerta y me invitó a pasar, a su alrededor se encontraban sus dos pequeñas hijas.

El rostro de Carlos es muy amigable, sus canas hacen referencia a su edad y sus manos algo bruscas por el trabajo que realiza. Su trabajo empieza desde las seis de la mañana, prepara a sus niñas, ayuda a su esposa a cocinar los alimentos y rápidamente sale a trabajar sin importar si ese día esta lluvioso, pues el hambre no espera, me dijo.

Recorre muy tranquilo por la Cooperativa “Juan Eulogio”, se nota a simple vista que lo conocen muy bien, pues desde que empieza su recorrido, las personas gritan “frejolito, no olvides pasar por mi casa, tengo algunas cosas que te pueden servir” “frejolito, buenos días” “frejolito, que tengas un lindo día” y así es durante todo su camino. Todo esto se debe a que desde muy pequeño recorre esas calles, antes con la compañía de su padre que se dedicaban al mismo trabajo y le enseñó todo lo que sabe.

Me comenta que su infancia fue algo dura, era el mayor de sus hermanos y tenía la intención de terminar sus estudios y convertirse en abogado, pero la vida los sorprendió cuando apenas tenía nueve años, su madre falleció y tuvo que cumplir el rol de madre con sus hermanos y trabajar con su padre.

A pesar de que no cuenta con un sueldo fijo, su trabajo lo hace feliz y ha podido sacar adelante a su familia. Aunque su labor no tiene horario siempre trata de estar antes del mediodía, para llevar a su hija a la escuela.

En la tarde su travesía empieza de nuevo, recorriendo otras calles para comprar o recolectar  algo de chatarra  y venderlas a un mejor precio. Algunos días son buenos, dice, pues hay amigos que le regalan cosas que aún están en buen estado. Sin embargo la situación económica para el “Frejolito” a veces es muy difícil, a pesar de su gran esfuerzo aún no ha podido tener una casa propia y es lo que más le entristece.

Perdí la noción del tiempo mientras seguía haciendo algunas preguntas, lo miraba fijamente y algunas ocasiones tuve la sensación de que sus ojos se tornaban algo tristes, pues cuando me percataba de eso  rápidamente cambiaba de pregunta, tampoco quería hacerlo sentir mal. Es un hombre admirable que vale la pena conocer, me dije a mi misma mientras me despedía.

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