Trabajando hasta el último aliento

Sus pasos son lentos por el peso de los años y sus sonrisas infantiles. Algunos las miran con ojos de indiferencia por su avanzada edad y decrepitud. Sentadas en la vereda, se refugian detrás de las cestas de los productos que venden. Aunque parezcan simples y magullados por el uso, esos canastos guardan historias que merece ser contadas. Entre la multitud de personas que cada mañana recorren el mercado, se las distingue. Cada una de ellas, dentro de su propio mundo, ausentes de la realidad, contando las horas para que el día llegue rápido a su fin. A medida que pasan las horas, observan la muchedumbre que transita y escuchan, pacientemente, los comentarios de sus compradores.

Me acerco a una de ellas y puedo notar en sus ojos el paso de los años. Sonrío, en un intento de llamar su atención, al principio noto la desconfianza, responde a mis preguntas con un “así es”, “no sé “, “amm”. Sus reacciones son frías, pero con el pasar del tiempo, y con cada palabra que soltamos, el entorno cambia y se vuelve más amable.

Celia tiene 70 años y pasó su infancia trabajando, por ello no sabe leer ni escribir. Se despierta muy temprano y empieza su trabajo. Sus manos se mueven con agilidad en la cocina y de vez en cuando, prueba el mote para saber si ya está cocinado. En otra olla cuece la carne de chancho. Cuando está listo el producto se encamina hacia su puesto regular, en la calle Ambato y 29 de Mayo. Cargada con la esperanza de tener una buena venta, se pone su delantal. Su voz va disminuye cuando me dice que muchas veces al final de la jornada no logra sacar un buen producido y se siente inútil. A la vida le ha entregado todo de sí, pero ahora no hay nada que pueda cambiar y su corazón se resigna.

Me despido con pesar de Celia. Tiene clientes que la están esperando. Camino un poco más y a lo lejos diviso a una mujer de avanzada edad, oculta entre motos y carros. Me acerco lentamente, ella gira y me recibe con una sonrisa. Cuando saco mi celular para grabar nuestra conversación, entra en pánico.

Se acerca a su cesta de aguacates, que descansa en vereda, y los pone todos en mis manos. Son los últimos tres que le quedan de la venta del día. Intento explicarle que no es necesario que me los de, porque no le voy a comprar. Pero las palabras que salen de su boca a continuación me entristecen de gran manera ¡no llames a la policía, por favor!

Sus ojos están dilatados, su mirada denota angustia y me pregunto, cuáles son los problemas que ha tenido que pasar para mal interpretar todo y sentirse de esa forma. Cuántas veces ha sufrido, estando completamente sola a la deriva, entre ese mar de personas en la calle. Me siento al frente de ella y le explico cuál es mi propósito y ella comienza a contarme su historia.

Hace 60 años aproximadamente Teresa Unapanta dejó su hogar en Latacunga y, junto con su esposo, emprendieron un largo viaje para encontrar un lugar que les ofreciera estabilidad. Finalmente, después de muchas complicaciones, llegaron a la “tierra de los colorados”. Mientras el tiempo pasaba todo parecía ir bien, conformaron una familia, pero lamentablemente el esposo de Teresa falleció.

Unapanta perdió a quien más amaba, la persona que la inspiró a ser diferente, a luchar por lo que quería. Comenta que ya han pasado 45 años y aún lo sigue amando. En su mente guarda todos los momentos que compartieron juntos y aunque ya no pueda hacer nada para estar junto a él, sigue esperando el día en el que puedan reencontrarse.

 Cada mañana se despierta y sale a su trabajo. Se toma su tiempo y lentamente va armando su puesto de verduras. Mira con resignación la basura que hay a cinco pasos de su puesto. Sus condiciones de trabajo no son buenas. El olor y el ruido la molestan constantemente, pero el sentimiento de llevar el alimento a su familia le da fuerzas para aguantar.

 En muchas ocasiones quiso dejarlo todo. Las leyes son muy estrictas y ella lo ha palpado desde un principio. Aunque pareciera que nadie golpearía a una mujer de 85 años, que apenas puede defenderse, un día llegaron los policías municipales a demostrar su autoridad.

La golpearon, y por si eso no fuera poco, por la resistencia que ella puso, la derribaron y la arrastraron, destruyendo los pocos productos que tenía en su pequeño puesto. Para calmar la criticas de las personas y como un intento de disculpa, el comisario municipal le otorgó un permiso especial para que pudiera mantenerse en su lugar de trabajo sin “problemas”. Pese a ello, el miedo se adueñó de ella y ahora siempre la acompaña.

Los aguacates que Teresa puso en mis manos representan el miedo que ella carga consigo. Mientras me despido, pienso en los ancianos que pasan por la misma situación cada día. después de haber pasado toda una vida trabajando, ahora merecerían vivir dignamente, pero contrario a eso trabajan más y aunque es pesado, lamentablemente, lo harán hasta el día en el que ya no tengan fuerzas para hacerlo.

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Por admin